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Antonio Meucci, el gran inventor italiano, tuvo una carrera que fue a un mismo tiempo extraordinaria y trágica. Tras emigrar a Nueva York, Meucci continuó sin cesar y con vigor un proyecto que había iniciado en La Habana, Cuba. Se trataba de un invento que más tarde llamó “teletrófono”, y que estaba relacionado con las comunicaciones electrónicas. Antonio Meucci configuró una línea rudimentaria de comunicaciones en su casa de Staten Island que conectaba la planta baja con el primer piso. Más tarde, cuando su esposa comenzó a sufrir una artritis que la impedía moverse, Meucci creó un enlace permanente entre su laboratorio y la habitación de su esposa en la segunda planta de la casa.